sábado, 28 de enero de 2017

INBŌS Los hijos del Sol - Capítulo 7


Bienvenidos de nuevo. Hoy vamos a volver con nuestro héroe uruguayo, Sebastián, a descubrir como le ha ido con sus poderes. Y descubriremos junto a él un extraño pedido de ayuda.
Vamos entonces a leer este capítulo... Gracias a todos por volver...




INBŌS
LOS HIJOS DEL SOL


Primera Parte
EL DESPERTAR


Capítulo 7:
Sebastián Ruiz - “El detective”


Edificio de Constructora Vázquez, Montevideo, Uruguay

– ¡Ruiz, venga a mi oficina! – exclamó el Ing. Vázquez asomándose por la puerta de su despacho.
– ¡Enseguida, Señor…!
– Sebastián… ¿Cómo está tu vista? – preguntó sin apartar la mirada de la pantalla.
– Bien, Ingeniero… No tengo nada; debe haber sido el stress – contestó mientras pensaba "Soy un maldito mutante…"
– ¡Genial! Necesito todos tus sentidos puestos en la… “misión” que voy a encomendarte.
– Diga nomás… ¿En qué puedo serle útil?
– Mirá… En los últimos dos meses se nos han caído varios Proyectos de Obras Públicas que teníamos listos para ser ejecutados. Alguien nos está cagando...
– ¿Sospecha que…?
– No sospecho ni dejo de sospechar. Lo único que sé es que hay una “mano negra” al más alto nivel. Y esa mano no puede operar sin alguien que le sirva la bandeja…

Sebastián escuchó atentamente cada detalle. Revisó planos y comparó propuestas de Empresas competidoras. Todas, sospechosamente idénticas a las que la constructora llevaba tiempo planificando.
De manera misteriosa, estas empresas conseguían las adjudicaciones cuando estaban prácticamente aseguradas para la Constructora Vázquez. El Ingeniero estaba seguro que había alguien, dentro de la Empresa, traficando información confidencial, y los planos de dichos Proyectos.
– Pondré manos a la obra, Ingeniero…
– Sos muy hábil, Sebastián. Nadie sospecharía que estás espiándolos. Confío en vos.
–Me halaga, Ingeniero. Espero poder colmar sus expectativas.
– Lo harás. Ahora andá, tenés mucho trabajo por hacer.

En menos de una semana el caso estuvo resuelto, valiéndole a Sebastián un ascenso meteórico, que despertó envidia y suspicacias entre sus compañeros. Nadie sospechó que él los vigilaba; mucho menos que utilizaba sus afinados “superpoderes”.

Ruiz observó minuciosamente a todos los empleados de la firma. Siguió los movimientos de cada uno, centrándose en aquellos que presentaban características particulares o llamativas. Sus sentidos escudriñaban todo cuanto podía servir a la investigación: desde las conversaciones telefónicas e interpersonales de sus compañeros, hasta los cambios en el ritmo cardíaco, y alteraciones de las sustancias que hacen funcionar el cerebro. Se preguntó si no estaría traicionando su idea inicial de “hacer el bien” Después de todo, nadie quiere a un soplón… Despejó su mente pensando en perseguir El Bien Mayor.

Cinco de sus compañeros emitían una débil luminiscencia, como si algo estuviese alimentándose de su fuerza vital. ¿Estaría percibiendo “el aura”? Lo esotérico no era su fuerte, concluyó.
Uno de ellos, Fernando Olivares, joven estudiante de Arquitectura, se mostraba nervioso, ansioso, y distraído. Sebastián continuó vigilándolo. Lo estudió con suma atención mientras estaba en su escritorio: con gesto de preocupación colgó el teléfono y llevó las manos a la cabeza. Las noticias del otro lado resultaban devastadoras. A Sebastián le llamó la atención su actitud. Agudizando sus sentidos, detectó una baja en el nivel de serotonina, aunque no era necesaria ninguna habilidad especial para saber que el muchacho atravesaba un cuadro de severa depresión. Sería el primero en descartar de su “Lista de Sospechosos”
Presuroso, Olivares levantó el teléfono y llamó a su esposa. Sebastián pudo oír la charla y comprendió que un familiar de aquel hombre había fallecido. Olivares, descartado.

Alejandra Quintana, empleada de Contaduría, entró a las oficinas del Departamento de Planeamiento, disparando la sinestesia en la mente de Sebastián. Una brillante luz envolvía a la atractiva joven que salía del ascensor.
El rítmico golpeteo de sus tacos se convirtió en una nube de aromas y colores, de la cual nuestro héroe no pudo escapar. De repente, aquella nube mutó en una densa bruma, y un sabor amargo resbaló por su garganta. Sus pensamientos divagaron entre el recuerdo de una Navidad atestada de tabaco barato, en la vieja casa de sus tíos, y el asfixiante olor del ácido nítrico en una reacción exotérmica.
La agitada respiración, y el conjunto de sutiles movimientos provocados por el incómodo roce de su ropa, transformaron el sensual desfile de la joven, en una lúgubre marcha hacia el cadalso. Notorias ojeras despojaban de vida a lo que alguna vez fueron vivaces ojos esmeralda.
Evidenciaba estar sufriendo las consecuencias de una carga de estrés superior a la que cualquier persona puede manejar. Automáticamente pasó a ocupar el primer lugar en la Lista de Sospechosos del novel detective. Era extraño que ella estuviese en aquel sector; rara vez los contadores y sus auxiliares subían a ese piso. Sus niveles de adrenalina se tornaron demasiado altos.
Cuando la mujer se paró frente a la Sala de Reuniones, grandes cantidades de cortisol fueron segregadas por sus glándulas suprarrenales: señal de excitación. Giró la cabeza hacia ambos lados buscando miradas indiscretas. Sebastián registró un leve temblor de las manos, cuando Alejandra pasó una tarjeta frente al scanner de la puerta. Haciendo uso de la “súper-visión” comprobó que aquella identificación pertenecía a uno de los asesores legales de la Empresa, conocido por su debilidad hacia “las morochas”
Con sigilo, la joven dejó una carpeta en la cabecera de la mesa directorio, y giró hacia la pizarra donde aparecían los planos de la Autovía pronta a licitarse. Tomó varias fotos con su celular, y se retiró apresuradamente.
El momento de actuar había llegado. Sebastián concluyó que, si pudo detener a los maleantes de la Plaza, sin duda lograría lo mismo con esta “ladrona”. Sin embargo, invocar aquella mano invisible para que dibujase frente a él una “Guía de Acción”, lo pondría en evidencia. Disponía de un limitado espacio físico donde desplegar sus habilidades, por lo que era imperioso recurrir a su ingenio, apelar al intelecto. Optaría por ser un torpe Clark Kent en lugar de un fantástico Superman.
      Se levantó de su silla y caminó hasta el dispensador de agua. Como si se tratase de una clásica sitcom vespertina, carpetas y papeles celosamente resguardados por Alejandra volaron por los aires al chocar ésta con Sebastián, quien se dio vuelta atolondradamente desparramando café por doquier.

– ¡Ay…, la puta madre que lo parió! ¡No…! – exclamó, para luego cubrirse la boca, al darse cuenta de sus palabras.
– ¡Ow, ow, ow! ¡Quema! ¡Quema! – exclamó Sebastián sacudiendo su camisa empapada en café.

 La mujer, murmurando improperios, se agachó a recoger los papeles desparramados por el suelo. Sebastián hizo lo mismo.

– Disculpame, no te vi. Ando muy torpe últimamente…
– No hay problema – replicó ella.
– ¿Cómo me dijiste que te llamás?
– No me lo preguntaste. Alejandra…. Me llamo Alejandra.
– Dejame que te ayude, Ale… – le dijo, al mismo tiempo que levantaba una carpeta amarilla, tratando de colocarla de nuevo en la pila, con la secreta intención de rozarle la mano.
Pretendía realizar un pequeño experimento con aquella mujer: probar si el estar en “contacto directo” con alguien, mejoraría su nivel de percepción. La hipótesis fue acertada, pero las inesperadas consecuencias lo sorprendieron. Más tarde llamaría a esta nueva habilidad “Psico-empatía Nivel 1”
Sintió una fuerte descarga cuando sus dedos rosaron la suave piel de la morena Asistente de Contaduría. Como flashes, se presentó en su mente una serie de imágenes algo difusas: Alejandra entrando en un edificio, una placa de bronce con la inscripción “Estudio Contable Coronel y Asoc.”, una carpeta amarilla, y una mano regordeta cubierta de manchas de sol típicas de la piel de un anciano. Enfocó sus pensamientos en aquella mano. En el dedo anular llevaba un anillo sello de tipo oval, de oro rojo 18 quilates, con las letras “J.C.” grabadas en estilo carolingio, antecesor de la letra gótica.

– ¿Goti…? ¿Qué…? Yo… – murmuró para sus adentros.

No lograba despegarse de la visión de aquel anillo. Al igual que un navegador web, su cabeza se llenó de “ventanas”; de información acerca del origen del oro y su importancia en el desarrollo humano, su ubicación en la Tabla Periódica de los Elementos, la infinidad de formas de grabado existentes, y demás cosas que no pudo siquiera empezar a entender. Incontrolable, su cerebro había accedido a un torrente de información que sobrecargó su capacidad mental. Sebastián estuvo a poco de perder la conciencia. No sabía aún que éste sería su primer paso en un místico viaje por los intrincados senderos del Ocultismo. Su primer interés fueron los controvertidos Registros Akashicos.

Cuando aquellas imágenes se disiparon, para su sorpresa, se encontraba en el suelo, con la espalda apoyada contra un escritorio, a varios metros de donde estaba al principio.

– ¿Estás bien, Seba? – preguntó un compañero, al tiempo que otro le ayudaba a incorporarse.

Mientras se ponía de pie, veía cómo la puerta del ascensor se cerraba, llevándose a la misteriosa y sensual morena. Cuando la mujer desapareció, Sebastián se quedó pensando en sus visiones, sorprendido y lleno de dudas.

Más tarde, continuó con la investigación. Se dejó llevar por su intuición y comenzó por una de aquellas imágenes: la placa de bronce.

El “Estudio Contable Coronel y Asoc.”, era uno de los más antiguos y prestigiosos de Montevideo. Por su intermedio, había llegado Alejandra a ocupar un lugar importante en la Constructora. Su incorporación fue recomendada por el mismísimo Contador Jorge Coronel, socio fundador de la firma.
Sebastián tenía ante sí la pieza clave de un complicado rompecabezas. Colocarla en su lugar haría temblar a “la mano negra” y caer su bandeja de plata. Sin embargo, delatar a los conspiradores no le resultaría tarea sencilla. En su misión de desenredar esta enmarañada trama ¿cuál era “el bien mayor” a perseguir?
En el fondo, las intenciones de Alejandra no eran otras que ganar algún buen dinero extra para su familia: su pequeño hijo padecía fibrosis quística y su tratamiento resultaba excesivamente costoso. Milton, su esposo, empleado en la Empresa de Limpieza Urbana y conocido activista gremial, había sufrido la amputación de una pierna como consecuencia de su caída de un camión recolector de residuos.
La “mano negra” dentro de la Costructora era, nada más y nada menos que “El Ba”, su amigo de la infancia y ahora asesor de la Empresa, el Lic. Gilmar Fontoura, yerno del Ing. Vázquez, con conexiones en la cúpula del gobierno uruguayo.
 El Lic. Fontoura obtenía, por intermedio de Alejandra Quintana, información sobre los proyectos aprobados de la Constructora Vázquez e informaba a sus jefes en el Estudio Contable Coronel. Estos, en contacto directo con el Intendente y los departamentos de Acondicionamiento Urbano y de Planificación, repartían las adjudicaciones de los referidos proyectos, entre varias “empresas fantasmas” que se encargaban de ejecutar las obras. La administración financiera y contable de todas las operaciones era llevada a cabo por Coronel.
Finalmente, todas aquellas maniobras corruptas salieron a la luz, llegando a tener una gran repercusión en los medios de prensa de todo el país. Alejandra Quintana fue detenida, al igual que algunos directivos del Estudio Coronel, acusados de robo y tráfico de información empresarial confidencial.
El escándalo salpicó al poder político de la capital uruguaya: funcionarios del gobierno montevideano fueron imputados y condenados por los delitos de lavado de dinero y desvío de fondos públicos, manchando la reputación del Intendente Wilson Silveira, quien debió desistir en su intento de ser reelecto en el cargo.
      Inexplicablemente, el Contador Jorge Coronel, cerebro de aquella “organización”, salió totalmente limpio de tamaña desvergüenza.

    Envalentonado por los resultados de su investigación, y paralelamente a su rol de empleado modelo jerarquizado, Sebastián comenzó a resolver casos policiales, ayudando a las autoridades desde las sombras. Creía que debía utilizar sus dones para anticiparse y desbaratar las fechorías de los villanos de turno, mientras estuviesen pensándolas. De tal manera evitaría que pusiesen “entre la espada y la pared” a inocentes como Alejandra, manipulándolos a su antojo.

Logró adelantarse a procedimientos policiales, capturando delincuentes y criminales, reduciéndolos y dejándolos listos para ser aprehendidos por las fuerzas de seguridad.
El aumento de sus ingresos le permitió proveerse de un arsenal no letal: gases somníferos, pistolas de electrochoque, dispositivos sónicos, e instrumentos que potenciaban sus sentidos, como visores infrarrojos y sensores ultrasónicos.
Se supo siempre una persona refinada y de buen gusto. Entendía que la gente ama a los héroes que promueven un ideal positivo. Si su destino era convertirse en un justiciero, lo haría con estilo. Su primera opción fue utilizar un peto de cuero con pantalones elastizados. Desistió instantáneamente.

– ¡Parezco uno de los “Titanes en el Ring”! – se dijo.

Optó, finalmente, por un look urbano: chaqueta estilo parka, con capucha, que servía para camuflar su “armadura”: un completo equipo de motocross, de fibra de carbono alto impacto. Completó su atuendo con pantalones cargo, y calzado especial para correr. Sonrió al verse idéntico al protagonista de “Assassin’s Creed”, su saga de videojuegos favorita.
      En pocos meses transformó el sótano de la vieja fábrica convertida en loft, en gimnasio y guarida tecnológica. Instaló en ella un potente equipo informático conectado a cámaras de seguridad y sensores de movimiento. Su avanzado conocimiento en Informática le dio acceso a registros policiales confidenciales. Siguiendo la premisa de “mente sana, cuerpo sano” se sometió a dietas y entrenamientos rigurosos. Cada mañana “Eye of the tiger” resonaba en el lugar.
      Comenzó a circular entonces, por las calles de Montevideo, el rumor acerca de un vigilante con asombrosas habilidades. Varios diarios y revistas amarillistas de tirada nacional publicaron notas que hablaban del creciente mito.

Tanto en las calles, como en los medios, lo habían bautizado "El Detective" Ni los rumores –a veces exagerados– ni el mote, le molestaban. Al contrario: le ayudaban a generar respeto y temor en los criminales.    
      El poder valerse de sus súper sentidos, le permitía ser ágil, rápido y certero. No obstante, era consciente de que, de alcanzarlo una “trompada bien puesta”, lo mandaría al hospital, y su cruzada heroica acabaría en un abrir y cerrar de ojos. Por esa razón creyó necesario cultivarse practicando Artes Marciales y otras disciplinas de lucha y defensa personal. De noche, mientras patrullaba las calles montevideanas, practicaba la disciplina urbana del parkour, llevándola a niveles extremos.

Metódico y detallista, Sebastián catalogó cada pequeña variación que percibía en sus habilidades, clasificándolas en tres grandes grupos/niveles: Aumento Sensorial, Sinestesia, y un último al que, temerosamente, llamó Hiperlucidez. Con el desarrollo de sus estudios, una cuarta categoría lo obligó a sobrepasar límites auto-impuestos, y experimentar con estados alterados de consciencia: Precognición.
Todo cuanto lo rodeaba cobraba un nuevo sentido. Sebastián experimentaba una nueva percepción de la realidad, que superaba a la más loca de las historias de ciencia ficción. Pasado, Presente y Futuro giraban en su mente como en un alocado carrusel. Se preguntaba hasta donde llegarían sus habilidades ¿Podría viajar en el Tiempo? ¿Debería prestar más atención a esas premoniciones, o eran solo casualidades? Algunas noches divagaba e imaginaba que su percepción del Mundo y el Universo no tendrían fronteras.


Una noche, algún tiempo después…

Frustrado, arrojó el soldador eléctrico sobre el banco de trabajo. Ya nada podía hacerse con aquella destruida plaqueta. Su última incursión en el submundo delictivo de su Montevideo querido, le había costado caro, literalmente. Aún no podía darse el lujo de “ordenar diez mil más”. El pequeño dispositivo sónico para desestabilizar a los adversarios en pleno combate callejero, ya no servía. Debía construir otro, mejorando el diseño.
Dio un último vistazo a los bocetos de armas no letales que estaba desarrollando. Se sentía todo un Nikola Tesla, a quien admiraba profundamente.
Satisfecho con los resultados del día, apagó las luces del sótano, subió las escaleras, y cerró tras de sí la puerta blindada. Con su mano en el tablero, recordó que había pasado una semana desde el último cambio del código de seguridad. Pensaría en uno nuevo más tarde.
Se dirigió a la sala, se tiró sobre el sillón, sin darse cuenta que lo hacía sobre el control remoto del televisor. Lo recuperó, no con poco esfuerzo, y finalmente encendió el aparato. En pantalla, un movilero terminaba de relatar lo sucedido en un barrio céntrico de la ciudad.

– … La zona ha sido cercada, y se ha restringido el paso a nuestras cámaras. Off the record el Jefe de Bomberos expresaba que en una primera evaluación, los daños han sido importantes en esta y varias edificaciones aledañas. Según manifestó, se ha confirmado que un escape de gas fue la causa que provocó la explosión e incendio en el 4º piso del edificio. Debemos lamentar el deceso de un hombre de unos cincuenta años, propietario del departamento donde se originó la fuga…

Sebastián pensó en que podría haber hecho algo por aquel hombre. Sintió cierto remordimiento al no poder utilizar sus habilidades para salvar más vidas; tantas como fuera posible.

– …Gracias Edu, buen trabajo – saludó Leonardo Silvera, conductor de Telemundo 12, Noticiero del Canal 12, en su Edición de Trasnoche.
– Tenemos declaraciones exclusivas del Contador Jorge Coronel a la salida de Tribunales, esta mañana, luego de conocer la sentencia que lo declara inocente, en el sonado caso de corrupción ligada a la Obra Pública Municipal. Recordemos que en instancias anteriores fueron condenados varios integrantes del Directorio de “Coronel y Asociados” Rossana Mercado dialogaba con él, y esto decía:

– Contador… Contador… ¿Qué nos puede decir del fallo del Tribunal? ¿Cómo afecta esto a su Estudio?
– Es correctísimo este fallo; no tengo nada que decir. Nuestro histórico y prestigioso Estudio jamás se verá afectado por el accionar de unos cuantos delincuentes que se infiltraron en nuestras oficinas. Quisieron manchar nuestro prestigio, pero sabemos de dónde viene todo….
– ¿Quiénes quieren dañarlo, Contador?

En clara señal de que le molestaba la luz de la cámara, Coronel cubrió la lente con su mano, tras lo cual subió a su auto y partió raudamente.
      Sebastián había clavado su vista en la pantalla, en el instante en que el contador cubría su rostro. Su piel estaba salpicada por manchas solares. Su anular llevaba un anillo ovalado, de oro rojo, con las letras “JC” grabadas en su centro.
Una descarga de energía lo aplastó contra el respaldo del sillón, apagando sus sentidos: el rostro arrugado y furioso de Jorge Coronel había invadido su mente, y con una lejana voz de ultratumba, amenazaba:

–“Quién quiera que sea… me pagará con sangre lo que hizo…”


Espero que les haya gustado. Los espero en el próximo episodio: Capítulo VIII - Laia Garrido (Vuelo a la desilusión).
¡Hasta la próxima!

* Capítulo Anterior: Cap. VI - Diario de Álvaro Sánchez
* Capítulo Siguiente: - En breve -


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