sábado, 1 de octubre de 2016

Los hijos del Sol - Capítulo 5


Nuevo episodio, el quinto, y en esta oportunidad viajaremos al bello y misterioso Japón para descubrir la historia de Niko. Espero que disfruten de la lectura de éste capítulo, como yo disfruté hacerlo. Gracias, de nuevo, por las palabras que me hacen llegar... son el combustible que me hace seguir adelante.
Bien, vamos entonces... volemos hasta Okinawa... Niko nos espera.





Libro 1 - El Despertar

Capítulo V

Niko Yamashiro - “El hijo del Sol”

Ciudad de Naha, Prefectura de Okinawa, Japón.

Acurrucado en un rincón de la cueva, el más frío y oscuro, con la espalda apoyada en las húmedas paredes de piedra, Niko pensaba en todo lo sucedido. Mientras meditaba, una lágrima rodó por su mejilla, hasta caer sobre una roca del suelo.
Cuando aquella gota se estrelló en la pétrea superficie, el único e ínfimo rayo de luz de la luna que se pudo colar en la caverna, la iluminó. El brillo cristalino de aquella lágrima, llevó a la mente de Niko en un viaje a su doloroso pasado, y recordó las luces de las ambulancias y de las casas que rodeaban aquel lugar, lugar que hubiera preferido no conocer jamás.

Era el invierno de 2009, y los neumáticos del auto de Hajime Yamashiro, padre de Niko, no respondieron correctamente ante la resbaladiza escarcha que cubría el asfalto. El coche, totalmente descontrolado se estrelló contra un “sugi”, el legendario cedro japonés.
Dentro del vehículo, junto a Hajime, viajaban Fumiko y Aratani, madre y hermana menor de Niko, respectivamente.
De aquella tragedia, solo sobrevivió Fumiko, a quien no le quedaron ningún tipo de secuelas físicas. La mayor herida sufrida por la hermosa Fumiko, estaba en su cabeza. Herida que la llevó a tomar la drástica y egoísta decisión de quitarse la vida, aumentando el dolor y la soledad de Niko.

Durante un año vivió con su abuela Miyu, quien se había mudado a su casa luego de que su madre se suicidara. Pero la avanzada edad de la amable mujer requería de muchos y onerosos cuidados. Y Niko no podía con semejante responsabilidad
En contra de sus sentimientos, con un profundo dolor y sintiéndose la peor persona del mundo, tuvo que internar a su abuelita en un hogar de ancianos.

El día que Niko llevó a su abuela a la Clínica Matsushiro, al despedirla, la anciana le dijo, con su voz temblorosa, pero siempre dulce.

- No te preocupes, hijo, yo estaré bien – le dijo su Miyu – y recuerda esto: Mira el sol, nunca te ocultes de él -

Niko miró extrañado a su abuela, pensó en que los años habían desgastado su mente más de lo debido. Le tomo sus arrugadas manos y le dijo

- Adiós Miyu... te quiero. Discúlpame – se despidió Niko, dándole un beso en la frente a su abuela.
- No, adiós no. Volverás aquí cuando el sol brille dentro de ti. Así que, hasta pronto. – contestó la anciana.

La cueva, el refugio de Niko, era el lugar dónde algunos personajes de una vieja leyenda de Naha, de los tiempos del Japón feudal, supuestamente, se ocultaron.
Dentro de la cueva, por años, los lugareños dejaron ofrendas, pintaron escenas épicas referidas a esa leyenda. Pero con el tiempo, esas ceremonias se fueron olvidando y la cueva poco a poco, se fue convirtiendo en un simple recuerdo, solo traída al presente por las historias que contaban los ancianos.

Allí estaba Niko. Llorando de a ratos por el dolor de haber perdido tanto, y a tantos. Recordaba, además de a sus padres, su hermana y su abuela, a sus amigos, compañeros y maestros de Karate.

A Nobuhiko Yamashiro, le decían “Niko” en el Dojo Akarui, donde practicaba Karate-do. Primero allí y luego en todas partes, comenzaron a llamarlo de esa manera. Era muy querido en el Dojo, y no solo por su destreza en aquel arte marcial que tanto lo apasionaba, sino que, principalmente, era querido por cómo era como persona.

Estando en esa cueva, Niko, mientras meditaba, rememoraba todos los sacrificios que había realizado, para dedicarse de lleno a su pasión por el arte marcial típico de su pueblo. Y a los veinticinco años, finalmente había llegado su premio.

Durante mucho tiempo se entrenó pensando en el Gran Torneo anual de KarateDo, esperando el día en que su Sensei Kisho le dijera que iba a competir.
Este torneo, que se celebraba todos los años, era muy prestigioso, no solo a nivel local. Dojos y escuelas de todo Okinawa y de todas partes del mundo, se daban cita, año tras año en la isla para participar de la contienda.
Un buen día Kisho le dijo a su aprendiz: “Niko, este año pelearás tu”. La alegría del joven le duró semanas.

Los recuerdos se volvieron felices cuando a su mente llegaron las imágenes de las celebraciones en el Dojo, aquella tarde del 14 de setiembre. Sus compañeros y amigos del Akarui, lo homenajearon por haber conseguido el título en la final del Torneo Anual. El nombre del Dojo y de Niko, quedarían grabados en la historia de aquella ciudad. Y eso los llenaba de orgullo.

Además, como otro motivo de orgullo, Niko había vencido en la final a Takeshi Sakukawa, del célebre dojo Kasai, quien había sido ganador de forma consecutiva de las tres ediciones anteriores del torneo. El Akarui Dojo hacía solo cinco años que funcionaba, y el Kasai hacía 150 años. Grandes leyendas del karatedo okinawense habían salido del Kasai Dojo, así que haberles arrebatado el cetro, en esas condiciones era todo un logro y un motivo más que suficiente para celebrar.

El haber recordado lo que sucedió aquella tarde luego de las celebraciones, lo enfureció, lo llenó de ira. El rostro de Takeshi se le represento frente a él, como una visión y descargó toda esa rabia fulminando árboles, rocas y todo a su alrededor.

Niko, mientras volvía del Dojo a su casa, repasaba su vida y los momentos que vivió hasta hacía unos minutos.
Pero volvía a su casa solo a comer y descansar, pues allí nadie lo esperaba para celebrar. Nadie lo iba a felicitar cuando cruzara la puerta.
De todos modos, sintió que su familia estuvo presente en cada paso que dio. Miro al cielo y les dedicó aquella victoria y el trofeo que llevaba en sus manos.

El ruido de la frenada de unas motos lo trajo de vuelta a la realidad. Le borró el rostro de su abuela y le trajo el de Takeshi Sakukawa, quien bajaba de una de las motocicletas.

En segundos, se vio rodeado por siete hombres, todos compañeros de Takeshi. El arrogante ex campeón, se acercó a Niko, y se paró cara a cara, frente a él.

- ¡Hey, campeón! ¡Qué bueno verte por aquí! - le dijo blandiendo un pequeño caño en su mano derecha - Estaba con ganas de una pequeña revancha. ¿Tú? ¿Quieres también, no? -
- No quiero problemas Takeshi - dijo mientras intentó apartarse. Pero no pudo hacer mucho.

El caño golpeó el costado de su cabeza, justo encima de la oreja izquierda. Se mantuvo de pie, pero sintió un hilo de sangre correr por su mejilla. El segundo golpe fue a su estómago. Se dobló y en ese instante, algunos de los compañeros de Takeshi se abalanzaron sobre él, propinándole patadas y trompadas en todo su cuerpo. Niko cayó al suelo, e intentó defenderse, a la vez que se arrastraba hacia un alambrado que cercaba un desarmadero de autos. Se agarró de la tela y levantó la vista. Entre los cuerpos de sus atacantes que se agolpaban frente a él, pudo ver el sol que se escondía en el poniente.

Mientras recibía golpes de todos lados, mirando al astro rey recordó a su abuela y sus palabras.
- "Taiyō o mite"

En ese instante comenzó a notar unas formas lumínicas en el cielo, de colores dorados y anaranjados. Esas figuras comenzaron a descender y a envolverlo todo. Niko sintió pequeñas descargas eléctricas por todo su cuerpo. Las descargas se hicieron más intensas y el dolor que le provocaban, le hicieron olvidar los dolores de la paliza que le estaban dando. De repente todo se oscureció en su mente y Niko perdió el conocimiento.

Takeshi y sus secuaces sintieron las descargas, algunos más que otros. Dos chicos, los más jóvenes del grupo, murieron al sufrir un paro cardíaco, los otros, incluido Takeshi, se retorcían de dolor. En medio del caos, vieron algo que los hizo quedar absortos, a pesar de los dolores por las descargas que recibieron, las cuales, para ese momento, habían cesado. Todos, levantaron su vista y vieron a lo que parecía ser el cuerpo de Niko, flotar en el aire. De sus ojos, de su boca, de las yemas de los dedos, de su pecho y todas partes, salían rayos de luz, intensos cegadores y tremendamente calientes.

Niko miró desde arriba a los hombres aterrorizados y descendió violentamente al suelo. Todo se estremeció, como si hubiera sido un pequeño terremoto. La figura brillante de Niko se paró erguida en todo su esplendor y adoptó la pose “Neko-Dachi”, la “posición del Gato”, una de las posturas básicas del Karate-Do Shotokan y con movimientos veloces, más de lo humanamente posible, les asestó una infinidad de golpes y patadas a todos. Cuando estuvo frente a Takeshi, lo tomó del cuello y lo levantó en el aire.

- Vuelvo a verte molestando a alguien, quien quiera que sea, donde sea, cuando sea, y juro que te destrozaré - le dijo Niko a Takeshi, mientras le apretaba con fuerza el cuello y luego lo arrojo por encima del alambrado, cayendo sobre el techo de un viejo Mazda 626, modelo 1994, chocado y con la chapa comida por el óxido, que esperaba su turno para ser desguazado.

Ante el asombro, casi terror, de sus atacantes reducidos a una pila de quejidos y sollozos, Niko se elevó bien alto y como un relámpago se perdió en el atardecer.

Atravesó en menos de cinco segundos, los dos kilómetros que separaban el desarmadero de autos de la Clínica Matsushiro donde su abuela estaba internada, sobrevolando en el camino el Parque Samukawa Ryokuchi.
No entendía absolutamente nada lo que había pasado, como demonios había derribado a sus rivales, ni que hacía volando.

Descendió en la entrada del hogar y el rayo brillante en el que se había transformado, se convirtió de nuevo en su cuerpo normal. El fulgor de su piel desapareció gradualmente, mientras se acercaba a la puerta. Ingresó al hogar y preguntó en la recepción por su abuela.

- Viene usted en el momento justo, el doctor Daisuke Kihara, necesita hablar con usted. - le informó la recepcionista. - estaba a punto de llamarlo. - agregó.
- ¿Pasa algo con mi abuela? - preguntó Niko
- El doctor Kihara le informará. Tome asiento, en minutos lo atenderá. -

Agitado, confundido, no pudo simplemente sentarse a esperar y se dirigió al interior del Instituto. En el pasillo que iba al comedor se cruzó con el doctor Kihara

- Doctor… ¿Qué pasa con mi abuela? Soy Niko Yamashiro -
- Se quién eres Niko. Tu abuela viene hace tiempo diciendo que en estos días volverías. - interrumpió el médico. - Ella está muy grave, hace varios días que no despierta, sus signos vitales son demasiado débiles. Creemos que tu Miyu viene aguantando hace tiempo, como puede, tan solo para poder verte. - agregó
- Pero... ¿Usted cree que mejorará? -
- No Niko, siento mucho decirte esto, pero es inevitable el desenlace. -
- ¿Puedo verla? - preguntó Niko, envuelto en una profunda tristeza.
- Sí hijo, inmediatamente - .
- Arigatō - respondió el acongojado joven.

Niko entró a la sala de emergencias de la Clínica y vio a su abuela en una cama, conectada al respirador artificial y al suero.

La anciana haciendo un enorme esfuerzo, abrió los ojos, después de varios días de permanecer dormida, y se dirigió a su nieto:

- Niko… llegaste… Te estaba esperando. - Exclamó alegre la anciana
- Sí, Miyu, aquí estoy. Dime por favor... ¿Qué me está pasando? -
- Tranquilízate hijo, es la hora ya. El sol brilla dentro de ti. Dame tu mano, Niko, quiero sentir tu calor antes de irme. -

Niko tomo las pequeñas manos de su abuela, y la anciana soltó un suspiro, mostrándose como aliviada. Miró al joven y le dijo:

- ¡Ve Niko! ¡Ve a brillar!... “¡Anata wa taiyodesu!” ¡Tú eres el sol!

La anciana sonrió dulcemente, como lo hacía cuando Niko, siendo muy pequeño, hacía caras graciosas o sus típicas travesuras, a lo que su Miyu siempre respondía sonriendo.
Cerró los ojos, como cuando jugaban. Ella se hacía la dormida, cerrando sus ojos, para abrirlos luego y con un “bu” y las manos simulando garras, lo asustaba; a lo que Niko respondía gritando y corriendo por toda la casa, para finalmente fundirse en un interminable abrazo.
Y Miyu, su Miyu, partió con una mueca de felicidad en su rostro.


¡Llegaron hasta acá! Wow... ¿Estuvo bueno el capítulo de Niko? Cuéntenme, quiero leerlos.
Bien, hemos llegado a la mitad de éste primer libro de "Los hijos del Sol": "El despertar". En el próximo capítulo volveremos a hojear las páginas del diario de Álvaro, para seguir compartiendo con él todo lo que está viviendo y sintiendo con su nueva condición.
Los espero en el Capítulo VI: Diario de Álvaro Sánchez... ¡Hasta entonces!

* Capítulo Anterior: Cap. IV - Maurice Ripoll y Sally Baker "Flora y fauna"
* Capítulo Siguiente: Capítulo VI - Diario de Álvaro Sánchez

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